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viernes, abril 17, 2009

HARUKI MURAKAMI: Tokio Blues

Tokio Blues es el tercer libro que leo de uno de mis autores fetiche, Murakami. Y aunque me sabe mal decirlo, es el que menos me ha gustado hasta ahora. No tiene la magia de Kafka en la orilla, ni de Al sur de la frontera, al Oeste del sol. Es mucho más oscuro, más angustioso, porque los personajes están perdidos y no consiguen encontrar su camino ni dejar atrás los fantasmas que les atormentan. No obstante, a pesar de lo dicho anteriormente, consigue atrapar al lector en esa atmósfera tan típica que sólo Murakami es capaz de tejer. Hay párrafos que hipnotizan nuestros sentidos, como si entráramos en una habitación japonesa, nos sentáramos relajadamente en el tatami, y nos pusiéramos a meditar. El autor nos transporta a un paisaje urbano, el de la ciudad de Tokio, en el que sin embargo no hay sitio para el estrés ni las prisas. La vida fluye y los personajes nadan en ella, en un ambiente de tranquilidad que nos envuelve página tras página.

La historia es narrada como un largo flashback. Watanabe, de treinta y siete años, aterriza en un aeropuerto alemán y antes de bajar del avión escucha por los altavoces Norwegian Wood, una canción de los Beatles que le hace evocar su época de estudiante en los años sesenta. La cadena de recuerdos comienza con un paseo hipnótico por un prado con la bella Naoko, la novia de su mejor amigo, Kizuki, que se convierte en el primer amor importante en la vida de Watanabe. Este tendrá que enfrentarse a un duro golpe, que le hará entrar de forma súbita en la edad adulta, cuando Kizuki decide quitarse la vida con sólo 17 años. Este hecho marcará un antes y un después en la vida de Watanabe, un joven melancólico y solitario que arrastrará siempre el recuerdo de lo acontecido a Kizuki:

"Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. 'Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella.' Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí. A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y este era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí."

Por su parte la frágil Naoko, un personaje entrañable por la tristeza que arrastra y la dulzura con la que Murakami la retrata, está aún más perdida que Watanabe, y su delicada salud psíquica la hace extremadamente vulnerable. Watanabe, enamorado de ella, luchará por protegerla y sacarla del pozo en el que parece haberse sumergido. La relación entre ambos es, a mi juicio, la parte más hermosa de la novela.

El retrato que Murakami hace de los jóvenes tiene poco que ver con la imagen que la literatura nos suele dar de ellos. Watanabe se comporta casi como un adulto en muchos aspectos, aunque en ocasiones parece perdido; se mueve sin rumbo, sin saber a dónde le llevarán sus pasos. El sexo tiene una presencia bastante importante a lo largo de la novela, y sirve a Murakami para contraponer el comportamiento de Watanabe, que no renuncia a las relaciones fugaces pero no encuentra en ellas el consuelo que necesita, y el de su amigo Nawasaga, un joven promiscuo que vive el sexo como una verdadera filosofía de vida, sintiéndolo como algo necesario para mantener vivo su abultado ego. Por otro lado el sufrimiento aparece como uno de los aprendizajes forzosos al que todos tenemos que enfrentarnos alguna vez en la vida. La importancia del dolor como obstáculo que hay que salvar para seguir adelante aparece de forma muy evidente en reflexiones como ésta: "El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esa tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar ese dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso."

Es curioso que esta novela se publicó en España en el año 2005, después de que Murakami fuese ya un escritor consagrado y tras la publicación de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor, y Al sur de la frontera, al oeste del sol. Sin embargo en realidad fue la primera de éstas que escribió, en 1987, y precisamente fue el éxito arrollador de esta novela el que hizo que el escritor se marchara de su país, primero a Europa y después a Estados Unidos, donde reside actualmente.

De nuevo son abundantes en la novela las referencias a una gran variedad de canciones de los años 60, tanto de jazz como de la cultura pop. De hecho, una de ellas, Norwegian Wood (madera noruega), es la que completa el título de la novela y, como he mencionado más arriba, la que da pie al río de recuerdos del joven Watanabe. Os dejo aquí un vídeo de Youtube donde podéis escucharla y leer la letra. ¿Qué mejor forma de terminar una reseña de Murakami?

Más reseñas de obras de Haruki Murakami:
- Al sur de la frontera, al oeste del sol
- Kafka en la orilla

miércoles, abril 09, 2008

HARUKI MURAKAMI: Al sur de la frontera, al oeste del sol

Hajime, un hombre felizmente casado y con dos hijas, está a punto de dejarlo todo al reencontrarse con Shimamoto, un antiguo amor de su juventud. Este hilo argumental que puede parecer tan común es la excusa de Murakami para escribir una novela hipnótica, como es su estilo, donde realidad y sueño se mezclan entretejiéndose en una red que atrapa al lector casi desde el principio.

Tenía ganas de volver a Murakami. Lo estaba deseando desde que terminé de leer Kafka en la orilla, un libro que me fascinó. Esta otra novela me sorprendió en sus primeras páginas, porque era distinta a la anterior, más convencional, con un desarrollo argumental más simple. O eso creía. Sin embargo, a medida que avanzaba en su lectura, fui quedando aprisionada por el misterio y por los lugares ocultos de la novela, hasta que me di cuenta de que me resultaba imposible dejar de leer. Cuando cerré el libro, aún seguía embrujada por las páginas que había dejado atrás.

El autor vuelve a seducirnos con su juego habitual entre realidad y sueño, confundiéndonos hasta hacernos dudar de lo que le ocurre a Hajime. En el libro subyacen varios temas: la complejidad del amor, el dolor de la ruptura, la posibilidad de amar a más de una persona a la vez, el descubrimiento del "alma gemela"...

Hajime y Shimamoto comparten el hecho de ser hijos únicos. Esa característica, que les diferencia de la mayor parte de los niños que les rodean en la escuela, les hace unirse y descubrir que en el fondo son muy parecidos en cuanto a gustos e intereses. Su pasión por la lectura o por la música entre otros -el libro trasluce la admiración del autor por el jazz especialmente- les va acercando hasta que nace el enamoramiento mutuo, del que ambos, aún muy jóvenes, no parecen ser conscientes. La amistad se convierte en amor. Sin embargo, este no llega a cristalizar, pues al comenzar la secundaria Hajime se muda a otro barrio y la relación entre ambos se va enfriando hasta que dejan de verse. No será hasta muchos años después cuando vuelvan a encontrarse, y todos los sentimientos que entonces quedaron ahogados resurgirán de nuevo con una fuerza incontrolable. Tanto que Hajime tendrá que cuestionarse su vida y su futuro.

Como es característico de Murakami, en la novela se suceden algunos acontecimientos de índole misteriosa que desconciertan al propio Hajime y, por supuesto, al lector: la aparición, antes del reencuentro entre ambos personajes, de una mujer muy parecida a Shimamoto y un hombre que le entrega un sobre de dinero a Hajime; el carácter de la propia Shimamoto, que tras la vuelta desaparece durante meses para volver de nuevo a la vida del protagonista sin previo aviso y sin dar ninguna explicación. Su extraña enfermedad. Sus secretos. Y la aparición fantasmal de un antiguo amor de Hajime, Izumi, a quien la ruptura dejó en un estado de postración absoluta, y cuya visión golpea con fuerza a nuestro hombre haciéndole cuestionarse su comportamiento por aquel entonces.

El gusto del autor por el juego realidad-ficción toma un carácter casi filosófico en el extracto siguiente, que hay que leer varias veces para intentar comprender bien:

"Hay una realidad que demuestra la verdad de un hecho. Porque nuestra memoria y nuestros sentidos son demasiado inseguros, demasiado parciales. Incluso podemos afirmar que muchas veces es imposible discernir hasta qué punto un hecho que creemos percibir es real y a partir de qué punto sólo creemos que lo es. Así que para preservar la realidad como tal, necesitamos otra realidad -una realidad colindante- que la relativice. Pero, a su vez, esta realidad colindante necesita una base para relativizarse a sí misma. Es decir, que hay otra realidad colindante que demuestra, a su vez, que esta es real. Y esta cadena se extiende indefinidamente dentro de nuestra conciencia y, en un cierto sentido, puede afirmarse que es a través de esta sucesión, a través de la conservación de esta cadena, como adquirimos conciencia de nuestra existencia misma. Pero si esta cadena, casualmente, se rompe, quedamos desconcertados. ¿La realidad está al otro lado del eslabón roto? ¿Está a este lado?"

Estamos pues ante uno de los interrogantes que se han planteado muchos filósofos y pensadores. ¿Hasta qué punto nuestra existencia es real? ¿Somos más bien un sueño o una invención? ¿Somos capaces de discernir sin posibilidad de duda la realidad de lo meramente soñado? Nos guste o no Murakami, el libro consigue atraer nuestra atención con la historia y, lo que es mejor, deja al lector la posibilidad de decidir sobre el verdadero sentido de lo que ha leído. Por eso la historia cambia de significado cada vez, lo que la hace aún más interesante si cabe.

¿He dicho ya que me encanta Murakami?

Más reseñas de obras de Haruki Murakami:
- Tokio Blues
- Kafka en la orilla

miércoles, abril 11, 2007

HARUKI MURAKAMI: Kafka en la orilla

Este es sin duda el libro más extraño que he leído en los últimos años, y mi primera incursión en la narrativa japonesa. Murakami es un escritor atípico, por su capacidad para conjugar elementos oníricos y reales en una sola novela con una naturalidad fuera de lo común. El resultado es un libro tremendamente original y sorprendente, que se lee con relativa facilidad y gran deleite desde el principio, aunque algunas de las imágenes que presenta son de una considerable dureza. Al finalizar su lectura es probable que nos interroguemos acerca del verdadero sentido de esta historia, y sobre el significado de los personajes y lugares que en ella aparecen. Pero esta es quizás la mejor impresión, esa ambigüedad que nos anima a seguir divagando e imaginando mucho después de leer su última línea.

Dos son los protagonistas principales del libro, cada uno con su propia historia y un largo camino por delante que ninguno de ellos conoce. Ambos coincidirán en un momento dado en una misteriosa biblioteca situada en un recóndito lugar del sur de Japón, Takamatsu.
Kafka Tamura es un adolescente de 15 años que escapa de su casa buscando el verdadero sentido de su vida. En ese viaje trabará amistad con varios personajes, entre ellos la misteriosa y atractiva señora Saeki, o el ambiguo Hoshima. Todos tienen una función y un significado en la vida del joven. Sobre Kafka pesa además una terrible profecía, pronunciada por su padre y cuyo cumplimiento es casi una certeza.
En el otro extremo del hilo de la vida se encuentra el segundo protagonista, Nakata, un anciano discapacitado mentalmente tras un extraño suceso acontecido durante su niñez, pero poseedor en cambio de una extraordinaria habilidad: la de comunicarse con los gatos. Nakata tiene una misión que ni él mismo conoce, y cuyo sentido le va siendo desvelado a medida que se adentra en ella. En este viaje le acompañará un fiel ayudante, el camionero Hoshino, cuya vida cambiará radicalmente tras conocer al anciano; las andanzas de ambos hacen imposible no pensar en la extraña pareja de Don Quijote y Sancho Panza.
Las vidas de Kafka y Nakata están tejidas en una especie de red que las separa y las entrelaza a la vez, cruzándose en determinados momentos. Es como si se abrieran puertas entre ambos mundos. Dos personas que se necesitan pero que en ningún momento llegan a conocerse. El autor alterna los episodios referentes a cada uno de ellos y los va intercalando, consiguiendo así intensificar ese efecto de entrecruzamiento y mutua influencia.
Con Kafka en la orilla he tenido la sensación de estar degustando un plato delicioso, sin tener idea de cómo o con qué está cocinado. Misteriosos ingredientes e inquietante sabor, que crean una receta distinta, muy sugerente. Un ejercicio de meditación para la mente y el cuerpo. Eso es Murakami. Eso es Kafka en la orilla.

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