Al llegar a Burgos, nos sorprendió gratamente la amabilidad de todas las personas que nos íbamos encontrando. Es una ciudad acogedora, una pequeña joya para pasearla y perderse por sus calles, presidida por una majestuosa catedral que se ve casi desde cualquier punto de la ciudad. El edificio ha sido restaurado hace poco, y es una de las catedrales góticas más hermosas que puedan contemplarse. En ella trabajaron maestros de la talla de Gil y Diego de Siloé, junto a la familia Colonia. El interior es soberbio, destacando sus bóvedas caladas, y especialmente la famosa Capilla del Condestable, llena de brocados y filigranas en piedra que dejan al visitante maravillado ante tal delicadeza a la hora de esculpir este material.
Recorrer el centro a pie, pararse a tomar tapas en los muchos bares que jalonan las calles de la ciudad y dar un
paseo (si no hace demasiado frío, como afortunadamente nos ocurrió a nosotros) por la ribera del río Arlanzón, son toda una experiencia que nadie que se acerque a Burgos debe perderse. La cultura de tapeo es de una calidad altísima y muy variada. Delicias como el crujiente de morcilla, los mejillones tigre, o el langostino hilado, entre muchas otras, son sólo algunos ejemplos de la cantidad de tapas que el visitante puede disfrutar. El riesgo es querer probarlas todos cuando uno entra a un bar y las ve dispuestas en la barra de forma tan llamativa. Si a eso le sumamos unos camareros más que serviciales, comprenderéis por qué comer en Burgos puede ser todo un placer para nuestros sentidos. A nosotros nos vino muy bien tener en nuestras manos la guía Tapeando por Burgos, que nos facilitaron en el hotel y que podéis conseguir directamente pinchando aquí.
Y por supuesto es imprescindible una visita al Monasterio de las Huelgas y a la Cartuja de Miraflores. Esta última es una joya del gótico flamígero en la que trabajó el ya mencionado Gil de Siloé. El retablo y los sepulcros de Juan II e Isabel de Portugal (padres de la reina Isabel la Católica) y del infante Alfonso atraparán vuestra atención por su delicadeza y su maestría. Es increíble la ductilidad que parece adquirir la piedra en manos de un gran escultor como lo fue Siloé.
paseo (si no hace demasiado frío, como afortunadamente nos ocurrió a nosotros) por la ribera del río Arlanzón, son toda una experiencia que nadie que se acerque a Burgos debe perderse. La cultura de tapeo es de una calidad altísima y muy variada. Delicias como el crujiente de morcilla, los mejillones tigre, o el langostino hilado, entre muchas otras, son sólo algunos ejemplos de la cantidad de tapas que el visitante puede disfrutar. El riesgo es querer probarlas todos cuando uno entra a un bar y las ve dispuestas en la barra de forma tan llamativa. Si a eso le sumamos unos camareros más que serviciales, comprenderéis por qué comer en Burgos puede ser todo un placer para nuestros sentidos. A nosotros nos vino muy bien tener en nuestras manos la guía Tapeando por Burgos, que nos facilitaron en el hotel y que podéis conseguir directamente pinchando aquí.
Y por supuesto es imprescindible una visita al Monasterio de las Huelgas y a la Cartuja de Miraflores. Esta última es una joya del gótico flamígero en la que trabajó el ya mencionado Gil de Siloé. El retablo y los sepulcros de Juan II e Isabel de Portugal (padres de la reina Isabel la Católica) y del infante Alfonso atraparán vuestra atención por su delicadeza y su maestría. Es increíble la ductilidad que parece adquirir la piedra en manos de un gran escultor como lo fue Siloé.



