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lunes, febrero 23, 2009

EL CIRCO DEL SOL: Varekai

Nunca había ido a ver un espectáculo del Circo del Sol. Este año, en cuanto vi que venían a Sevilla por ¿tercera? vez no lo dudé y compré rápidamente las entradas. Llevaba mucho tiempo queriendo ver a unos artistas que todo el mundo describía como increíbles. Hace un par de semanas llegó el momento, y al fin pude entender por qué esta multitudinaria compañía ha conseguido encandilar a millones de espectadores de todo el mundo. Lo que ofrece el Circo del Sol no es un espectáculo de danza ni de acrobacias. Es mucho más. Son dos horas mágicas en que el tiempo parece detenerse y sólo hay sitio para la música, el arco iris del vestuario, las luces, los vuelos increíbles sobre el escenario, y las acrobacias imposibles de auténticos gimnastas forzándose hasta el límite de su capacidad. Ciertamente es algo singular, digno de verse, pues creo no haber contemplado nada parecido en toda mi vida. Cuando la función terminó, tras una lluvia de aplausos y vítores que parecía no tener fin, aún me sentía transportada por lo que había visto.

Aquí os dejo uno de los momentos más emocionantes, el vuelo de Ícaro, que me dejó sin respiración nada más comenzar el espectáculo. Claro que no es lo mismo verlo en directo, pero creo que la belleza de este número no necesita palabras. Espero que lo disfrutéis, tanto los que ya lo hayáis visto como los que no. Yo no pienso perderme en adelante ni uno solo de sus espectáculos. Me han seducido.

martes, abril 15, 2008

La piedra más bella

Cuando comencé a estudiar arte, lo que más me atraía era la escultura. Sobre todo la realizada en mármol, un material que posee un encanto casi mágico y que muchos escultores han considerado el material noble por excelencia. La superficie pulida que invita a la mano a acariciarla, la fría textura que consigue dar vida a figuras como el Moisés o el David de Miguel Ángel, gracias al hálito que algunos escultores son capaces de insuflarle... son cualidades que convierten a esta piedra en la más preciada en el taller del artista.

Como es bien sabido, son muy numerosas las esculturas realizadas en mármol a lo largo de la historia. Es difícil hacer una selección, descartar unas y elegir otras, teniendo en cuenta la belleza que son capaces de captar este tipo de obras. No obstante, hay cuatro que por encima de otras me parecen un claro ejemplo de delicadeza a la hora de trabajar en este material. Todas ellas respiran y se mueven, reflejan una pasión o un sentimiento interior que nos nubla la vista. El resultado es extraordinario, capaz de emocionar hasta el límite al que contempla estas obras. Tanto que es difícil despegarse de su lado cuando uno tiene la fortuna de ver alguna de ellas con sus propios ojos. Y es inevitable preguntarse: ¿Cómo es posible? ¿Cómo alguien puede poseer este don? ¿Cómo se puede dar tanta vida a una simple piedra?


De arriba abajo: La dulce Piedad de Miguel Ángel, la metamorfosis más bella en Apolo y Dafne de Bernini, el abrazo de Eros y Psique, de Canova, y la sensualidad de El beso, de Rodin

viernes, abril 04, 2008

Rostros de mujer

La mujer siempre ha sido fuente de inspiración para artistas y cineastas. Estos dos vídeos nos muestran los rostros femeninos más bellos de la historia del arte y de la pantalla. Sólo me queda invitaros a disfrutarlos...



jueves, mayo 03, 2007

La joven de la perla


Jan Vermeer es un pintor increíble. Su manera de captar la luz, esa luz cálida que se derrama por los interiores de sus habitaciones, es sencillamente inimitable. Es difícil quedarse con una sola de sus obras, pero esta es sin duda alguna mi preferida.

El encanto y la belleza de esta misteriosa joven han inspirado incluso a la literatura y el cine. Tracy Chevalier escribió ese encantador libro llamado igual que el lienzo, donde nos adentraba en una imaginada y sugerente historia de amor casi platónico entre el pintor y la que habría sido una de sus jóvenes doncellas. Poco después Scarlett Johanson se puso en la piel de la retratada, en una película que era más una sucesión de imágenes pictóricas que un verdadero filme. La delicadeza y la cuidada ambientación de esta cinta fue alabada por multitud de críticos, y cualquiera que haya podido disfrutarla habrá caído presa de su mágico hechizo.

¿Pero qué tiene esta obra para encantarnos de ese modo? ¿Qué poder ejerce sobre nosotros la mirada de una joven de la cual nada o poco sabemos? El brillo de sus ojos, sus labios y sobre todo la deliciosa perla que porta como pendiente son prácticamente insuperables. El tocado sobre su pelo, con ese azul vivo que atrapa nuestra mirada, le añade un halo particular de misterio. Al contemplarla, podemos imaginar a un pintor cautivado por la belleza de una de sus sirvientas, a la que quizás ama y desea en silencio, viéndose obligado a esconder estos sentimientos ante la presencia omnipotente de su esposa. Casi deseamos que ese hipotético amor fuese correspondido, si es que existió realmente. Queremos creer que ambos sentirían su fuerza al mirarse a los ojos mientras ella posaba para sus pinceles. Porque el lienzo de Vermeer refleja esa adoración, y los ojos y la tímida sonrisa de nuestra joven dibujan una complicidad mágica con el maestro. Puede que nunca sepamos quién fue ni que sintió nuestra muchacha del turbante, pero el pintor le dio uno de los regalos más bellos que puedan imaginarse: la capacidad para extasiar y deslumbrar muchos siglos después de su existencia.

sábado, abril 28, 2007

Guernica, 70 años


El Guernica de Picasso es uno de esos cuadros que he aprendido a amar con el tiempo. Lo vi por primera vez cuando era muy pequeña, no recuerdo el momento exacto, pero tengo la certeza de que no me gustó en absoluto; era en blanco y negro, no tenía colores, y no entendía nada de lo que veía en él. Colgaba de la pared del salón de casa de mis tíos, y lo volvía a ver cada cierto tiempo, mirándolo siempre con extrañeza, aunque poco a poco se fue haciendo más familiar y cercano. Sin embargo habrían de pasar muchos años antes de que mi interés por Picasso, y por esa obra en particular, comenzara a despertarse.

Ocurrió en mi último año en el instituto, cuando por primera vez estudié Historia del Arte. Descubrí que tras cada obra artística se esconde una historia y un significado que hasta entonces me habían estado vedados. Para mí fue como una revelación, el comienzo de una relación de amor que ha durado hasta hoy y que sospecho será eterna. Me apasiona el arte. Y cuanto más lo estudio y lo disfruto, más arraiga en mí ese sentimiento. Fue durante aquel curso de iniciación al mundo artístico cuando comencé a amar el Guernica.

Hace poco estuve en Madrid visitando el Museo Reina Sofía y pude admirarlo por primera vez con mis propios ojos. Había un grupo de personas considerable desparramadas alrededor del lienzo, pero predominaba el silencio, un silencio respetuoso que nace de la contemplación de lo que ha llegado a convertirse en un mito. La ausencia de color acentúa el dramatismo de unas figuras que te agarran el alma y te la retuercen, de forma que una vez que has entrado en el cuadro ya no eres la misma persona. El caballo que lanza un grito tras ser herido de muerte, o la mujer que sostiene al niño muerto en sus brazos, son dos de las imágenes más dramáticas y poderosas que jamás haya visto la historia del arte. No sé cuánto tiempo estuve allí parada, examinando cada detalle, cada gesto. No quería que la magia se acabara.

Esta semana se han cumplido 70 años desde el fatídico día de aquel bombardeo, que tuvo lugar el 26 de abril de 1937. Aunque el número de víctimas no fue tan elevado como se dijo en un principio (los últimos estudios hablan de unos 150 muertos, lo que sigue constituyendo una barbaridad desde cualquier punto de vista), fue un hecho terrible que destruyó una ciudad por completo, borrándola del mapa -sólo permaneció en pie un 1% de la misma-. Al escoger este suceso como tema para su obra, Picasso dio a la ciudad y a sus víctimas una inmortalidad y un significado histórico sin precedentes. Y con ello, el genio se hizo a sí mismo inmortal.