miércoles, agosto 15, 2007

YUKIO MISHIMA: El rumor del oleaje

Yukio Mishima es uno de los autores más aclamados de la literatura japonesa, aunque no es muy conocido en nuestro país. Su vida es digna de una película de aventuras, si bien tuvo un final muy trágico que él mismo escogió.

Al parecer, Mishima era un nostálgico del pasado. Nacido en 1925, siempre sintió una gran fascinación por los samurais -como demostraría al final de su vida- y la cultura tradicional nipona. Llegó incluso a formar una milicia privada que él mismo entrenaba y dirigía. Fue contrario a la occidentalización y modernización de su país, y su pensamiento puede considerarse fascista en muchos aspectos. En 1970 intentó una especie de golpe de estado, al asaltar un cuartel del ejército con ayuda de algunos de sus seguidores para animar a los soldados a rebelarse contra el gobierno japonés y restaurar el antiguo poder del emperador. Sin embargo, tuvo dificultades para hacerse oír, y los soldados acabaron burlándose de él, por lo que, ni corto ni perezoso, Mishima decidió (ya lo tenía pensado de antemano) quitarse la vida mediante el rito del
sepukku (que aquí conocemos como hara-kiri). Aquello debió de convertirse en una auténtica carnicería, pues el rito establece la ayuda de un "asistente" que debe decapitar al suicida en caso de que este sufra demasiado. Con Mishima lo intentaron tres veces antes de tener éxito. Otro de sus seguidores escogió la misma forma de morir junto a su maestro. Este dramático final, planeado con una gran minuciosidad desde hacía más de un año por el propio Mishima, puso fin a una trayectoria literaria que estuvo a punto de hacerle valedor del mismísimo premio Nobel.

Parece mentira que de una mente tan atormentada como la de este autor -no entiendo que una persona con cierta estabilidad emocional ponga fin a su vida de esa manera- saliera una novela tan dulce y sosegada como es El rumor del oleaje. Se trata de una historia de amor entre dos adolescentes, que descubren juntos las primeras caricias, los primeros besos, pero que deberán enfrentarse a una serie de dificultades para conseguir estar juntos. Mishima capta con una gran delicadeza esos titubeos y nervios propios del primer amor, y el descubrimiento de todo un mundo de sensaciones al que hasta ese momento los adolescentes eran completamente ajenos.


Sin embargo, desde mi punto de vista lo mejor del libro no es la historia en sí. Lo más conseguido es la ambientación de la novela, que se desarrolla en una tranquila isla de pescadores donde todo el mundo se conoce y convive de forma más o menos pacífica. Las costumbres del pueblo, los oficios, las vestimentas de los habitantes, son descritas con una minuciosidad exquisita. Mishima consigue arrastrarnos a ese mundo bucólico donde no existen el estrés ni la prisas, un mundo donde las tradiciones se respetan, y los hijos heredan el oficio de sus padres sin plantear la más mínima oposición. El mensaje del autor parece ser: aún siguiendo las tradiciones, se puede alcanzar la felicidad plena. En efecto, Shinji y Hatsue, los protagonistas, deberán vencer una serie de dificultades pero, sin necesidad de rebelarse y acatando las reglas en todo momento, su amor llegará a ser aceptado por todos, incluso por el intransigente padre de la muchacha. La lealtad, el valor y la honestidad son los valores que más destacan en esta historia. Eso sí, los personajes son demasiado planos, y los "malos" acaban recibiendo su castigo. Ese amor de Mishima al mundo tradicional japonés se respira aquí con especial intensidad.


El rumor del oleaje es un viaje a la tranquilidad de una isla remota en el Pacífico. Es un encuentro con una sociedad tradicional que presenta muchos aspectos positivos: la solidaridad mutua, la convivencia en armonía con el marco natural, el respeto a los mayores... Son valores que se están perdiendo en gran parte del mundo actual, y que, sin estar de acuerdo con Mishima en muchos otros aspectos, nos parecen dignos de defender y de perseguir. Ese, y su prosa cargada de lirismo, son quizás el mejor legado que este autor nos ha dejado.

viernes, agosto 10, 2007

ALMUDENA GRANDES: El corazón helado

"Una de las dos Españas ha de helarte el corazón"

Con esta emotiva cita de Antonio Machado comienza la última y más ambiciosa novela de Almudena Grandes. Una novela que toca todos los grandes temas de la historia reciente de España: la guerra civil, el exilio, la dictadura de Franco y la transición política a la democracia.

Antes de adentrarme en el comentario, os diré que este libro puede pecar de excesivo (sus más de 900 páginas pesan a veces), y de enrevesado, por la multitud de personajes que desfilan en su interior. Pero se trata sin duda de una gran novela, con una base documental muy importante; en palabras de la propia autora: "La mayoría de los episodios más brutales que narro en El corazón helado no me los he inventado, pasaron de verdad. La novela es ficción porque los personajes no existen, pero casi todos los hechos concretos del pasado de los personajes son reales y están documentados". Y sobre todo se trata de una preciosa historia de amor, traición y dolor, que arrastra al lector y le compensa con creces del esfuerzo de leer tan ingente obra.

La novela se divide en tres grandes bloques, y en cada uno de ellos son dos los narradores que alternan sus voces: uno en primera persona, que es Álvaro Carrión, uno de los protagonistas, y un narrador omnisciente que es el encargado de ir desentrañando los secretos del pasado, a través de flash-backs o retrospecciones que a la vez que narran una multitud de historias propias ayudan a entender la situación actual de los personajes. Con esta técnica la autora consigue mantener la atención del lector al suministrarle la acción a pequeñas dosis, saltando de un momento de la historia a otro bien distinto.

El argumento gira en torno a dos familias, unidas por lazos de parentesco además de por un oscuro pasado en el que se mezclan la traición y el amor. Los Carrión representan al bando de los vencedores, a quienes se enriquecieron y prosperaron gracias al despojo de los vencidos y a la posterior dictadura. En cambio la familia de los Fernández son los hijos de la República y el exilio, quienes sufrieron en carne propia la represión tras la guerra y el tener que empezar desde cero en otro país, sin saber si alguna vez volverían a pisar la tierra donde nacieron. Aunque ambas familias guardan sus luces y sus sombras, la autora toma partido claramente por estos últimos, y cuestiona la integridad moral de todos aquellos que, aún en la actualidad, no quieren saber o, si saben, prefieren no tomar partido y pasar página rápidamente.

En el centro de todo, una hermosa historia de amor, que conllevará su buena dosis de sufrimiento. Es la historia que surge entre dos de los descendientes de estas familias, Álvaro Carrión y Raquel Fernández Perea, y que obligará a ambos a cuestionarse el pasado de su familia, en el caso del primero, y el sentido de sus actuaciones, en lo que se refiere a la segunda. El dolor de los exiliados en los episodios ambientados en el pasado tiene su contrapeso en el presente en el dolor de Álvaro, al ir descubriendo aspectos de su familia que le harán sentirse cada vez más solo, más lejos de los que siempre había considerado los suyos. El amor de Raquel le ayudará en esta tarea, aunque también le aportará un sufrimiento paralelo que minará aún más a Álvaro, a la vez que le hace más fuerte. Así le vemos al final de la novela, angustiado por lo que se le viene encima, pero con una gran entereza moral que le dará alas para segur adelante.

Esta novela deja huella. Algo se remueve en nuestro interior con retazos de historias que sabemos ciertas, aunque cambien los nombres de quienes las vivieron. Tanto sufrimiento, tanto rencor y tanto odio, dejan una sensación de amargor en los labios, que se dulcifica cuando asistimos a episodios donde la lealtad y el amor se convierten en protagonistas. Quizás el personaje que sale peor parado de esta historia es la madre de Álvaro, la única que no consigue mostrarnos su cara amable en ningún momento, la única totalmente gris en un mundo de matices blancos y grises.

Os dejo con otra de las citas de Machado que se recogen en el libro, que quizás sea una de las verdades más grandes y más bellas que se han dicho sobre la Guerra Civil.

"Para los políticos, para los historiadores todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente no estoy tan seguro. Quizá la hemos ganado."

Yo estoy segura de que así fue.

martes, agosto 07, 2007

De vuelta, con sorpresa incluida

He descubierto un mundo maravilloso que desconocía. Paisajes tan bellos que dañan la vista, montañas que cortan la respiración y limpian el alma de males y problemas, rincones donde he deseado permanecer y fundirme con las rocas, para sentir con ellas la deliciosa paz que emanan.

Esa es la parte bonita de la historia. Lo que he traido conmigo, a pesar de las circunstancias. Porque la mala suerte ha hecho que vuelva con un hombro lesionado, después de pasar uno de los peores ratos de mi vida. Lo que podían haber sido unos días maravillosos dieron de repente un giro imprevisto. Y lo peor es que no fue culpa mía, sino provocado por la negligencia y la estupidez de dos personas que no hicieron bien su trabajo. Para abreviar: un accidente que se podía haber evitado fácilmente. Y la seguridad de que no volveré a practicar rafting en mi vida.

A pesar de todo he vuelto fascinada con lo que he visto. No conocía el Pirineo aragonés, y ahora sé que volveré pronto. Me quedan aún muchas rutas por andar en esos parajes, muchos rincones que descubrir y muchas lecciones que aprender.

Por cierto, si vais por allí tened mucho cuidado con la empresa Aguas Blancas. Algunos de sus monitores están muy lejos de ser profesionales.

Os dejo algunas fotos. Por cierto, ¿adivináis quién es la del cabestrillo?








jueves, julio 26, 2007

Perdida entre montañas

Dejo atrás la tierra conocida. Despliego mis alas y miro hacia delante. Es hora de marchar. Bellas colinas y suaves valles me aguardan. Puedo escuchar sus voces, en susurros. Puedo oírlas cantar, y su melodía resbala por las laderas, mezclándose con los restos de nieve hasta unirse con las aguas del deshielo.

Perderse entre montañas, lejos de todo. Caminar y dejarse arrastrar por los sonidos y los paisajes. Devorar con los ojos los árboles, los riscos y los escarpes. Oler la tierra mojada y sentirse más cerca del cielo, hasta tocarlo con sólo estirar los dedos…

Por unos días voy a ser un hada afortunada que vuelve a la naturaleza, o al menos a lo que queda de ella. Ya os contaré a la vuelta. Os deseo dulces paseos estivales a la luz de la luna.

Por supuesto, mis libros me acompañan en esta aventura. Como siempre que emprendo el vuelo. Son mi tabla de salvación en la lejanía.

Un abrazo y hasta la vuelta.

Imagen: Valle de Ordesa y Monte Perdido

domingo, julio 22, 2007

Irse de vacaciones...con una sonrisa

En estos días de descanso estival son miles los ¿afortunados? que inician sus ansiadas vacaciones. En homenaje a todos los que ya las habéis disfrutado, a los que aún las tenemos pendientes, y a los que no podrán hacerlo hasta dentro de mucho tiempo, ahí van unas cuantas viñetas del genial Forges. Hay que buscarle el lado bueno a todo, ¿no?





domingo, julio 15, 2007

WILLIAM MAXWELL: Vinieron como golondrinas

Llevaba un tiempo queriendo leer algo de este autor del que había escuchado muy buenas críticas, pero que por desgracia es bastante desconocido en nuestro país. Maxwell alcanzó una gran notoriedad como editor de grandes autores entre los que se encuentran nombres como Salinger o Updike, pero su faceta de escritor ha pasado algo desapercibida. Sin embargo, después de leer esta primera novela, creo que se trata de un escritor al que merece la pena seguir la pista, pues sus obras están comenzando a traducirse ahora a nuestro idioma.

Vinieron como golondrinas es una historia intimista, que transcurre en el seno de una familia media estadounidense en 1918, el año en que finaliza la Gran Guerra y el año de la terrible epidemia conocida como "gripe española", que sólo en EEUU mató a más de medio millón de personas. Es pues un tiempo de esperanza y temor a la vez, un año clave en la historia del mundo y en la del propio autor, que sufrió la muerte de su madre como consecuencia de dicha epidemia. Ese episodio es el que centra el hilo narrativo de la novela, donde la madre de la familia, el eje que une a todos los miembros de esta, como vamos descubriendo a medida que avanzamos en su lectura, cae enferma y fallece en parecidas circunstancias. Maxwell construye pues una novela en parte autobiográfica que es a la vez un emotivo testimonio de la forma de vida de la sociedad media norteamericana en las primeras décadas del siglo XX.


El narrador es una sola persona, pero posee tres voces distintas, pues nos narra la historia desde el prisma de tres de los personajes que aparecen en la novela. Primero es el hijo pequeño, Bunny, quien nos toma de la mano y nos lleva con él a conocer a su familia. En las páginas dedicadas a él, conocemos sus miedos, la fascinación que siente hacia su madre, a la que idolatra, y el temor-respeto que ejerce en él su hermano mayor, Robert. Maxwell capta de forma brillante la inocencia que caracteriza a un niño de ocho años, como se aprecia en este fragmento dedicado a la magia de los juegos infantiles:


"El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga."


A continuación es Robert, el primogénito, el que se convierte en protagonista de la historia. Su relativa incapacidad física (perdió una pierna en un accidente) no es obstáculo para que se desenvuelva como un chico más de su edad en todos los aspectos. Por último Maxwell centra su atención en el padre, James, roto por la pérdida de su esposa e incapaz en un principio de cuidar de sus hijos tras la muerte de esta, verdadero punto cardinal sobre el que se asentaba la unión de esta familia. La hermana de la fallecida, Irene, aparecerá entonces como la posible salvadora de esta situación, y se convertirá en un asidero fundamental para el desconsolado James.
Esta novela nos cautiva por su prosa sencilla, que huye de artificios, y su naturalidad al describir y caracterizar a los personajes. Realmente parece que nos hemos colado en el hogar de los Morison, que dormimos junto a Bunny o Robert, que acompañamos a James mientras arrastra como un fardo la muerte de su adorada Elizabeth. Es ella quizá el personaje más entrañable, por la dulzura y el amor que derrocha, por ser el soporte vital de una familia de hombres que la ama con locura aunque ninguno, salvo el pequeño Bunny, sea capaz de demostrárselo. Por su parte, el personaje de Bunny parece ser en muchos aspectos un autorretrato del propio Maxwell, que perdió a su madre más o menos a la misma edad. Posiblemente por ello aparezca tan real a nuestros ojos.
Puede que Maxwell no esté a la altura de otros grandes escritores norteamericanos, pero se merece un lugar destacado en la narrativa de ese país. Esperemos que lo alcance en los próximos años. Desde aquí, os animo a descubrirlo, ya sea en español o en inglés. Lo vais a disfrutar, os lo aseguro.

miércoles, julio 11, 2007

¡PREMIO, PREMIO, PREMIO!!!!!

Hoy he recibido una agradabilísima sorpresa al abrir mi blog. ¡ME HAN CONCEDIDO UN PREMIO! Tengo que agradecérselo a unas bloggeras recién descubiertas que forman liter-a-tres, y cuyo blog ha sido premiado con anterioridad. Y como queda establecido en el reglamento del concurso, aquí está el preciado galardón:



Estoy emocionada. Cuando empecé a escribir este blog lo hice con la intención de hablar sobre literatura, compartiendo con otras personas mis impresiones sobre los libros que caían en mis manos. Después de casi un año (quedan un par de meses para mi primer aniversario) no sólo he encontrado otros blogs fascinantes, sino que me siento muy cerca de un grupo de personas que tenemos muchas cosas en común aparte de nuestro amor a los libros. En cierto modo es un privilegio pertenecer a esta comunidad.
Bueno, este es mi discursito de premiada. Ahora, como ya han hecho otros de los galardonados, me vais a permitir que me explaye un poquito, porque ¡ES LA PRIMERA VEZ QUE ME DAN UN PREMIO, Y ES ALGO QUE SIENTA ESTUPENDAMENTE!!!!!!!
Según la tradición, este premio se ha de repartir siguiendo estas tres reglas:
1. Si eres uno de los premiados, tendrás que escribir un post con cinco links de blogs que quieras premiar.
2. Haz un link a este post, de manera que se pueda encontrar el origen de este premio.
3. Muestra orgulloso el "Thinking Blogger Award", te lo has ganado.
Y ahora toca la parte más difícil, elegir cinco blogs entre los que tantas horas de disfrute me han traido en este año. Todos los blogs que aparecen en la columna de la derecha son apasionantes, y me cuesta decidirme por algunos. Pero lo intentaré:
El detective amaestrado: por hacer magia con las palabras y compartir pasión y profesión. Os vais a enganchar si lo visitáis.
Cierta distancia: por escribir esos magníficos relatos y ser capaz de emocionarme con sus vivencias.
Hysteria: por compartir ideas y planteamientos, por acercarme a los clásicos y por ser una bellísima persona.
El gusanillo de los libros: por acercarme a autores que no conozco, en unas reseñas que son realmente magníficas.
Profesor en la secundaria: por una pasión agridulce compartida y por ponerle palabras a nuestra rutina cotidiana como profesores.
Si alguno ya fue premiado antes, enhorabuena por partida doble. Y a los que no he elegido, mil perdones, pero vuestros blogs siguen estando entre mis favoritos. Todos se merecen este premio.
Hasta muy prontito. Hoy me voy a dormir con una enooooorme sonrisa.

martes, julio 03, 2007

JOSÉ LUIS SAMPEDRO: La vieja sirena

Sensualidad y poesía. Esas son quizás las dos palabras que mejor definen esta deliciosa obra de Sampedro, uno de mis autores favoritos. En La vieja sirena encontramos un relato repleto de magia y pasión, ambientado en la Alejandría del siglo III, donde se dan cita realidad y mitología. Surge así una novela que en el fondo gira en torno a dos de las grandes preocupaciones que siempre han guiado a la humanidad: el amor y el poder.

Glauka, Irenia o Kilia, la protagonista, tiene diferentes nombres a lo largo de la historia. Y cada uno de ellos es en cierto modo una mujer distinta, pues a cada capítulo de su vida le corresponde un nombre diferente. El misterio y la sensualidad rodean a esta bella joven, cuya vida está llena de luces y de sombras; ha pasado por momentos extremadamente dolorosos junto a otros donde ha conseguido tocar la felicidad. La vida de Glauka sufre un giro cuando conoce a Ahram, un poderoso navegante alejandrino con el que acabará viviendo un amor apasionado sin precedentes en su vida anterior. Krito, un filósofo andrógino que es uno de los más fieles amigos de Ahram, es el otro protagonista indiscutible de esta epopeya fantástica. Él simboliza el poder de la palabra, la racionalidad de las cosas, mientras Ahram personifica la fuerza masculina y el poder de los actos. El trío formado por ambos hombres y la mujer constituye un conjunto único por su fuerza y su complejidad, y les unirá aún más el hecho de ser sólo ellos los conocedores de la verdadera naturaleza de Glauka, la mujer misteriosa.


El marco que encuadra a estos personajes es un Egipto en decadencia dentro de un Imperio Romano que también se encuentra en declive. Los bárbaros están iniciando su penetración en las fronteras del Imperio Occidental. Roma no es ya la fuerza de antaño, y se debate entre las luchas de los generales para conseguir el título de emperador y la crisis económica y social de un gigante cuyos pies de barro se deshacen por momentos. Frente a la decadencia de Roma, pequeños reinos como el de Palmira intentan hacerse un hueco en el precario equilibrio de fuerzas de la época. Sin embargo el tiempo demostrará que el futuro pertenece en realidad al los pueblos bárbaros, que irán estableciendo sus reinos por toda la parte occidental del Imperio, mientras en la mitad oriental el Imperio Bizantino perduraría aún durante más de mil años.


La prosa de Sampedro es apasionada y vibrante, y hace estremecerse al lector en determinados pasajes. El autor rescata del olvido esos antiguos ritos ancestrales que se dieron en la mayoría de los pueblos y que tan frecuentemente escapan a la investigación histórica. Ritos que defendían el culto a la Diosa Madre -la deidad procreadora, la Madre Naturaleza- como base de todas las religiones antiguas. La obra entera es un canto a esa idea, y una celebración del amor y el sexo como las manifestaciones más legítimas de ese culto, una creencia que se fue perdiendo a lo largo de la historia pero cuyos ecos resuenan aún en algunos de nuestros ritos actuales.


La vieja sirena es ante todo una historia de amor, un amor casi divino que une a Glauka y a Ahram de una manera indestructible. Tanto es así que ni la misma muerte podrá separar a los amantes, que se buscarán y se encontrarán el uno al otro en los límites del mundo real, más allá de donde ningún mortal podría jamás acercarse.


El trabajo de documentación llevado a cabo por Sampedro es ingente. Las referencias históricas son precisas y constantes en la novela. Al final del libro se incluyen unos mapas dibujados por el mismo autor que nos ayudan a centrar los acontecimientos que se van sucediendo a lo largo de sus más de 800 páginas. Quizás la única crítica que se puede hacer a esta obra es su excesiva longitud y el hecho de que la narración se pierde a veces en flecos que no llevan necesariamente a ningún sitio y que dificultan su lectura en algunos tramos. Sin embargo, no son obstáculos para hacer de esta novela una lectura más que interesante para los admiradores de este autor, entre quienes me encuentro. Y quizás los no admiradores os convirtáis después de leerla.

jueves, junio 28, 2007

Fin de curso

Otro curso se acaba. Llega el verano y el instituto se va quedando vacío. Primero se van los alumnos, luego la mayor parte de los profesores, y al final sólo quedamos algunos a los que nos toca empezar a preparar el curso próximo. Ya no se escuchan gritos ni voces por los pasillos. El silencio lo cubre todo, y aunque esta calma tiene su encanto, se echa de menos el movimiento de los días que han quedado atrás.

Ellos se van y nosotros nos quedamos. El fin de curso siempre tiene esas dos caras: la ilusión de empezar las vacaciones y poder al fin descansar, y la tristeza por saber que hay rostros que ya no veremos, voces que se alejan para siempre de nosotros, sueños que se construyen fuera de los muros del instituto. Cada alumno que se marcha de aquí deja algo atrás, aunque la mayoría se irán olvidando con el tiempo. Estoy segura de que muchos recordarán su paso por el instituto con una sonrisa, porque a todos nos ha pasado. Pero tienen una vida entera por delante, con proyectos que realizar y muchas personas que conocer, y poco a poco nosotros nos iremos desdibujando en su memoria. Ellos se marchan con la ilusión de quien empieza un camino nuevo, y eso les da alas para seguir adelante y no mirar atrás. Pero algunos se llevan algo más consigo, un trocito de cada uno de nosotros les acompaña sin que se den cuenta. Está ahí, escondido en sus mochilas, en los recovecos del estuche. Si buscan, seguro que nos encontrarán.


En cierto modo se te parte el corazón. Es como una pequeña ruptura amorosa de las que se superan pronto, pero que lo tiñe todo de melancolía durante un tiempo. No te acostumbras a no verles en su aula, a no encontrarles por el patio. Sabes que volverán alguna vez de visita, y que recibirás e-mails esporádicos de sus andanzas universitarias o laborales. Pero no es lo mismo. Han dejado de formar parte de tu vida, han volado.


Hasta que empieza otra vez el curso. Poco a poco las caras nuevas se van haciendo más familiares, y el proceso se repite de forma casi idéntica. Vuelves a estrechar lazos y a ilusionarte con ellos. Vuelves a empezar, y ellos contigo.


Esta es la magia de nuestra profesión. Conocer a tantos chicos y chicas diferentes, cada uno con sus miedos y sus virtudes, sus esperanzas y sus frustraciones. Cada uno con su filosofía de vida y sus proyectos. Y formar parte de sus vidas durante nueve meses o más, darles algo de ti que puede que les ayude a ser mejores personas, de eso se trata en definitiva. De estar con ellos y de escucharles, de hacerles creer que pueden llegar a donde quieran si se lo proponen. Y a cambio, recibir cariño, admiración y muchos buenos momentos (aunque también malos por supuesto).

Eso es enseñar. Eso es aprender. Eso es vivir.


Feliz fin de curso, y buen viaje a todos.


Imagen: Jeanne H. A. Cloche, MODIGLIANI. Esta ha sido la portada de mi cuaderno del profesor de este curso. Ya toca ir pensando en la del curso que viene...

sábado, junio 23, 2007

IRÈNE NÉMIROVSKY: El baile

Leí este libro ayer por la tarde disfrutando de un par de horitas sin nada que hacer, después de la pesadilla de exámenes y notas de los últimos días, y aún sigo "trastornada" por la historia. En apenas 100 páginas (menos en realidad, pues la fuente utilizada en la edición de Salamandra es de gran tamaño), Némirovsky narra con una maestría formidable una relación enferma entre una madre y su hija, con el telón de fondo que le proporciona la hipocresía de una clase social -la de los nuevos ricos- que está dispuesta a cualquier cosa por hacerse un hueco en la alta sociedad.


La familia Kampf prepara un baile por todo lo alto para entablar relaciones con la aristocracia y la alta burguesía parisinas, después de que la suerte les haya sonreído y hayan pasado de vivir prácticamente en la miseria a disfrutar de un estatus social más que acomodado. Desde la óptica engreída de quienes creen tenerlo todo, los Kampf planean el baile con gran esmero, asegurándose de que todos los invitados queden deslumbrados ante la riqueza y buen gusto de los anfitriones. Antoinette, la hija adolescente del matrimonio, asiste al espectáculo de preparativos e invitaciones con la ilusión de que la dejen participar, ilusión que se ve rápidamente truncada cuando su madre le comunica que ella no podrá asistir al baile. Reproduzco un retazo de la conversación porque es digno de la más malvada madrastra de Cenicienta:


"¡Pero bueno! asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!... Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña... ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte "en sociedad" el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? ¡Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera... No sé por qué no te doy un buen tirón de orejas para quitarte esas ideas..."


Son palabras punzantes, de esas que se clavan y te dejan sin aliento, encogida de dolor... Así se queda Antoinette al escucharlas, alimentando en su interior un odio creciente hacia su madre y hacia el mundo de los adultos en general. La venganza de la niña será implacable, y se desencadenará con un simple gesto, más impulsivo que premeditado, que ocasionará a su madre un enorme sufrimiento y arruinará todos sus planes de entroncar con la alta sociedad.

Todos los personajes son sombríos en esta oscura trama. La madre, reconcomida por el dolor de haber pasado sus años de juventud en la pobreza, ve cómo ahora que tiene dinero su lozanía se le escurre entre los dedos; el padre, tan anodino como cruel con su esposa; la hija, vengativa y llena de odio hacia todos, incluso hacia ella misma.... Némirovsky ha construido un puzzle corrosivo sobre la hipocresía de la sociedad en la que ella debió moverse cuando llegó a París, en 1919. Ella misma tuvo una infancia infeliz y solitaria, y el personaje de Antoinette parece ser una perfecta transfiguración de la escritora, tan lejos de sus padres como la joven Kampf de los suyos.

Las críticas han elogiado esta pequeña obra maestra, que se agota mucho antes de lo que el lector desearía. Cruel, apasionado, o duro como el cristal, son algunos de los calificativos que El baile ha recibido. Para mí ha sido una aventura, breve e intensa, hacia el lado más oscuro del alma humana. La historia se te queda agarrada con fuerza, es difícil desprenderse de ella. Al cerrar el libro, una no puede dejar de ver a Antoinette sonriendo, deleitándose en su pequeña venganza. Siendo extrañamente feliz, aunque sea por un breve lapso de tiempo.

Otras reseñas de obras de Irène Némirovsky:
- Suite francesa

domingo, junio 17, 2007

Escrito sólo para mí (o la apropiación personal de la literatura)

Sigo viva, nadando entre exámenes y nervios de final de curso (nosotros y los niños). Dentro de poco tendré más tiempo para dedicarle al blog, cosa que ahora me resulta casi imposible. Mientras, os dejo un fragmento de uno de los últimos artículos de Javier Marías en EPS, que vuelve a tratar con brillantez el tema de la literatura, contemplada desde un punto de vista muy personal:

"Lo extraordinario de la literatura (quizá en menor grado del cine y la música, porque en estas artes no hay una voz que cuenta y persuade y susurra, y el decir es lo que más cautiva) es que, cuando uno ya sabe que nada es sólo suyo, y que además puede compartir entusiasmos con quien más desprecia, siempre prevalece ese pueril sentimiento de que nadie como uno ha leído a tal autor o tal obra. Nuestra experiencia personal pervive, y, tras los "desengaños", uno puede seguir creyendo que el escritor se dirigió sólo a nosotros. Acaba de celebrarse el centenario de Hergé, el creador de Tintín, y uno ha constatado, por si no lo sabía bastante, que Tintín y Haddock son un lugar común y pertenecen a la humanidad entera. Y sin embargo nada podrá borrar la emoción que yo tuve de niño cuando leía sus álbumes, como nada le borrará la suya a Arturo Pérez-Reverte, por mencionar a un tintinófilo tan confeso que hasta lo imitó, en parte, al elegir su vida de reportero. Ambos -y millones más- seguiremos pensando: "Estos relatos se hicieron para que yo los mirara y leyera". Eso es lo admirable del asunto: que aunque los hombres lleven siglos leyendo la Iliada, y nosotros no descubramos nada al echárnosla a los ojos, el acto de nuestra lectura sí que nos es propio y la obra en cuestión es entonces tan nueva como si la acabara de componer Homero. Eso sí que no nos lo puede "usurpar" nadie. Recuerdo haber leído Madame Bovary en una casa de campo en Gerona, a solas, con ladridos de perros en la lejanía, sobrecogido. Para mí no hay otra Bovary que esa, así existan sesudos estudios e interpretaciones muy sabias de ella. En el fondo es una suerte que sea imposible lo que deseó Woody Allen en la cola de un cine, al oír a un tipo disertar estúpida y pedantemente sobre McLuhan: que el propio McLuhan apareciera en la cola y le echara un rapapolvo al idiota, diciéndole: "Usted no ha entendido nada". Porque quién sabe si no sería a nosotros, y no a los otros, a quienes nos soltaran eso Cervantes u Homero, Flaubert, John Ford o Chesterton, haciéndonos picadillo."


Podéis leer el artículo completo en esta dirección


Vuelvo en unos días, je promets
Imagen: Mujer con libro, PABLO PICASSO


lunes, junio 04, 2007

JOSEFINA ALDECOA: Historia de una maestra

Al fin encuentro un hueco para hacer la reseña de este libro que terminé de leer hace un par de semanas. El título de la obra es muy revelador, pues eso es lo que su autora nos cuenta: la historia de una maestra en uno de los periodos más relevantes de la historia de España, el que va desde los años veinte hasta el comienzo de la guerra civil. La narración de Aldecoa es fluida, alejada de recargamientos excesivos, lo que hace la lectura bastante amena y rápida, aunque a veces se echa de menos un poco más de pasión en la historia.


Gabriela es una joven maestra que comienza su periplo docente en una pequeña aldea en Tierra de Campos. Sus deseos de enseñar y de transmitir el entusiasmo y la curiosidad por aprender a sus alumnos son encomiables, y se alegra con cada pequeño avance, cada paso que dan sus jóvenes pupilos:


"Yo me decía: no puede existir dedicación más hermosa que ésta. Compartir con los niños lo que yo sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de los fenómenos, las razones de los hechos históricos. Ese era el milagro de una profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de la nieve y la cocina oscura, a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo mucho que yo tenía que dar. O quizás era por eso mismo. Una exaltación juvenil me trastornaba y un aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí."


Unos años después su afán de aventura le acabaría llevando a un poblado de Guinea Ecuatorial, donde será testigo de las diferencias sociales entre la población nativa y los españoles allí asentados. Su amistad con un médico negro -por quien Gabriela parece sentir algo más profundo- le granjeará las críticas de ciertos individuos influyentes de aquella sociedad. Finalmente la maestra abandona África para seguir los pasos de otras mujeres de la época: casarse y tener niños, si bien nunca dejará de sentirse entusiasmada por su profesión. No obstante el amor por África y el anhelo de una vida distinta de haber permanecido allí es una constante a lo largo del resto de la novela. Gabriela dejar parte de su corazón en Guinea.


Los años treinta son los años de las ilusiones y los vientos de cambio que trajo la II República. Ese ambiente de euforia y optimismo se refleja muy bien en el libro, pues nuestra protagonista y su marido son defensores de una reforma educativa en pro de la libertad y del laicismo, que deje atrás la ignorancia y el oscurantismo en que vivía gran parte de la sociedad española. Las tensiones que se producen como consecuencia de estos cambios, las dificultades de una parte de la sociedad española para aceptar una modernización que les asustaba, mientras que a otros les llenaba de ilusión... son aspectos que la autora ha recogido con una gran maestría. La crisis de 1934 y los trágicos acontecimientos que desembocarán en la guerra civil terminarán por traer la desgracia al entorno de Gabriela. La intolerancia y el radicalismo se convierten en los protagonistas de las últimas páginas de la novela.


El libro se convierte así en un manifiesto homenaje a un colectivo que ha sido muchas veces olvidado en la historia: los maestros de la República, una parte de los cuales fueron represaliados durante el franquismo. La importancia de la educación como motor de cambio de la sociedad, su poder para forjar hombres y mujeres libres, con plenitud de derechos y mayor capacidad de elección es uno de los mensajes que la autora intenta transmitir en este libro. Y es quizás lo que más me ha gustado, porque comparto esa concepción de la enseñanza, ese entusiasmo por hacer a mis alumnos personas más sabias y capaces y, especialmente, personas más libres y por tanto más difíciles de manipular. En el fondo me siento un poco como Gabriela. Sobre todo porque muchas veces, es cierto que ellos me dan más de lo que yo les doy.


La enseñanza tiene estas cosas. Puede extenuarnos, puede desilusionarnos, puede acabar con nuestra paciencia, pero engancha. Y algunos nos convertimos en adictos.

miércoles, mayo 23, 2007

NAZIM HIKMET. Versos por la paz


La niña muerta

Soy yo quien golpea a tu puerta
A todas las puertas, a todas las puertas
Pero ustedes no pueden contemplarme
Es imposible ver a un niño muerto
Hace diez años largos
he muerto en Hiroshima
Pero sigo teniendo siete años
Los niños muertos dejan de crecer
Al principio se inflamaron mis cabellos
Mis manos y mis ojos ardieron después
Me convertí en un puñado de cenizas
Que el viento dispersó
Nada, nada les pido para mí
No podrían mimarme aunque quisieran
Una niña que ha ardido cual si fuera papel
no come caramelos
Yo golpeo y golpeo a cada puerta:
Dénme, dénme una firma
Para que los niños no sean asesinados
y coman caramelos.



Que las nubes no maten

Las que nos hacen hombres son las madres
Como cálidas luces marchan ante nosotros
¿No es una madre, acaso, la que os trajo al mundo?
Apiadaos entonces, Señores, de las madres
Que las nubes no maten a los hombres

Un niño de seis años va corriendo feliz
Su cometa supera las copas de los árboles
¿Es que no habéis jugado como ese niño, acaso?
Apiadaos entonces, Señores, de los niños
Que las nubes no maten a los hombres

Ante el espejo peina la novia sus cabellos
y en el espejo busca una imagen querida
Sin duda alguna vez os buscó así una novia
Apiadaos entonces, Señores, de las novias
Que las nubes no maten a los hombres

Cuando el hombre se va volviendo viejo
sólo debe evocar recuerdos placenteros
¿Es que vosotros mismos no sois, acaso, viejos?
Apiadaos entonces, Señores, de los viejos
Que las nubes no maten a los hombres

Nazim Hikmet



Hace un tiempo descubrí a este poeta turco en el maravilloso blog de Noctambulario. Buscando más información sobre él, encontré estos dos poemas, que constituyen un bello y rotundo alegato contra la guerra y contra la violencia en general. El propio Hikmet sufrió prisión durante varios años y fue obligado a marchar al exilio por defender sus ideas, por lo que su poesía es un grito contra la intolerancia y la persecución política. Muy recomendable para los tiempos agitados que vivimos.


Imagen: FRIEDRICH: La abadía en el bosque

viernes, mayo 18, 2007

JOSÉ SARAMAGO: Ensayo sobre la lucidez

Saramago es un autor que siempre me ha gustado, desde que me topé con el genial Ensayo sobre la ceguera, un libro que disfruté y me enganchó desde el principio. Después he ido leyendo otras de sus obras, sin llegar a alcanzar el placer literario que me proporcionó la primera: La caverna, El hombre duplicado, Todos los nombres… hasta llegar a esta última. En ocasiones es un autor difícil de leer, por ese estilo tan personal que disgusta a muchos -lo de no utilizar el punto y aparte puede ser agotador en ciertos momentos-. Y aunque el argumento del libro que nos ocupa es muy original y el principio promete, me ha costado terminarlo, por mucho que me pese reconocerlo.

La obra gira en torno a una hipótesis bastante irreal pero inquietante: ¿qué pasaría si en unas elecciones la mayor parte de los electores votasen en blanco? A partir de esa idea, Saramago traza una trama en la que la clase política no sale muy bien parada, siendo una y otra vez humillada por una población civil que es en todo momento un ejemplo de comportamiento cívico y ético. A través de una serie de personajes que, como es habitual en sus novelas, no se presentan con un nombre propio, sino que se definen por su trabajo, su estatus social o alguna característica física (el primer ministro, el comisario, la mujer del médico…), se desarrolla una historia tan dura como la vida misma. Los oscuros engranajes del poder, las artimañas políticas de unos mandatarios que no entienden la revolución pacífica protagonizada por los habitantes de su ciudad, cobran una virulencia y una crueldad que hacen reflexionar al lector una y otra vez sobre si algo así podría ser cierto en determinadas circunstancias.

El libro enlaza con el genial Ensayo sobre la ceguera mencionado anteriormente, pues la protagonista de aquel, la única mujer que consiguió escapar a la ceguera blanca, se convierte aquí en la principal sospechosa de la "acción subversiva" puesta en marcha por los votantes en blanco. El protagonista de este otro Ensayo es un comisario que, si bien comienza su periplo a las órdenes de estos impresentables políticos, acaba planteándose la legitimidad de su acción, por lo que acaba tomando partido por aquello a lo que le llevan sus propias convicciones morales.

Desde un punto de vista ético, el libro de Saramago es una sabrosa crítica de muchos comportamientos de la sociedad actual, centrando su atención en las corruptelas y entresijos de una clase política que, incluso en las democracias, anda bastante desprestigiada. Leyéndolo podemos apreciar la fina línea que separa el ejercicio de los derechos democráticos del comienzo de una dictadura, siempre y cuando se den ciertas condiciones excepcionales como las que el autor recrea en el libro. No he podido evitar comparar determinados pasajes de esta obra con la actuación de algunos políticos de la escena internacional en relación a la escalada de inseguridad y violencia que se ha producido en el mundo de los últimos años. Y lo peor es que el final del libro -que golpea como una maza al lector- no deja lugar a la esperanza. La lucha por los ideales políticos suele cobrarse un alto precio.

Esto es lo que más me ha gustado del libro, la idea de fondo y los mensajes que lanza entre sus páginas, mensajes de plena actualidad en un mundo donde la democracia, mal que nos pese, sigue sufriendo continuas crisis y desapareciendo en lugares donde parecía más o menos sólidamente implantada. Sin embargo, desde un punto de vista más literario, Ensayo sobre la lucidez resulta un tanto árido y su lectura se hace a veces ciertamente pesada. Le falta vida y fluidez narrativa. No alcanza las cotas de calidad literaria de aquel otro Ensayo que tanto me hizo disfrutar. No obstante, es un ejemplo extraordinario de la lucidez política y social que Saramago sigue conservando a sus casi 85 años. Una lucidez que le permite escribir pasajes soberbios, aunque a veces se pierdan en un mar de palabras un tanto farragoso.

lunes, mayo 07, 2007

Un mal despertar


Se despertó con la primera luz del alba clareando por la ventana. Se incorporó despacio, para no marearse. Tenía la impresión de haber dormido durante mucho tiempo, demasiado quizás. Sus piernas abandonaron el cálido refugio del edredón y las sábanas y se dirigieron obedientes hacia el suelo. "¿Dónde están mis zapatillas?" Estiró un pie hasta dar con una de ellas, y la atrapó entre sus dedos. La acercó con cuidado hasta su pareja, que se hallaba mejor situada para el paso que venía a continuación. Tocaba incorporarse, salir del letargo, "¿cuánto tiempo habré dormido?" Le confortó el tacto familiar de las babuchas.

Echó un rápido vistazo a la habitación; era la suya, sin duda. "¿Por qué demonios lo he dudado? ¿En qué habitación iba a estar si no?" Avanzó hacia la puerta cerrada con algunos titubeos, pero al llegar a ésta asió el pomo con decisión. Se quedó allí parada, esperando. "¿Abro?" Le llegó el eco de una voz que se colaba a trépano a través de la madera. "¿Eres tú, Jaime?" El sonido se deslizaba por sus oídos, inundando su mente de tibios recuerdos. Escuchaba palabras sueltas, retazos de conversación: ausencias, episodios esporádicos, empeoramiento. No comprendía bien el sentido, pero no le importó. Le bastaba con sentir la calidez de esa voz tan familiar, que le acunaba como un ronroneo. "Claro que es Jaime, lo reconocería al instante. Seguro que ha venido a verme. ¿Cuánto tiempo hace que no viene por aquí?"

Giró el pomo y la puerta se abrió silenciosa. Ahora le oía con mayor nitidez. Estaba al fondo del pasillo, sentado a la mesa de la cocina en compañía de una mujer joven, con una taza de café en la mano. Jaime se percató de la novedad de la puerta entreabierta al final del
corredor y miró a su madre con una sonrisa. Se levantó casi de un salto, y ella lo vio avanzar con esos pasos vacilantes de cuando aprendía a andar, con sus bracitos extendidos hacia su cuello, buscando su refugio. "Qué alto está, cómo ha crecido." Jaime llegó hasta su lado y la besó en la frente: "Buenos días, mamá. ¿Cómo has dormido? Julia me ha dicho que últimamente duermes de un tirón."

Ella no contestó. Sintió que los recuerdos se le escapaban entre los dedos. Se escurrían y goteaban en el suelo. Ya no eran sus zapatillas, ni su casa. Ya no era nada. Miró a su hijo y le sonrió, con esa sonrisa boba que se le ponía a veces. Una especie de velo cubrió el brillo de sus ojos, apagándolos. "¿Te gusta Julia, mamá? ¿Te cuida bien?" Ella volvió a mirarle y entreabrió los labios. Sus palabras fueron casi un susurro.

"¿Y tú quién eres?"

Imagen: HOPPER, Mujer mirando por la ventana

jueves, mayo 03, 2007

La joven de la perla


Jan Vermeer es un pintor increíble. Su manera de captar la luz, esa luz cálida que se derrama por los interiores de sus habitaciones, es sencillamente inimitable. Es difícil quedarse con una sola de sus obras, pero esta es sin duda alguna mi preferida.

El encanto y la belleza de esta misteriosa joven han inspirado incluso a la literatura y el cine. Tracy Chevalier escribió ese encantador libro llamado igual que el lienzo, donde nos adentraba en una imaginada y sugerente historia de amor casi platónico entre el pintor y la que habría sido una de sus jóvenes doncellas. Poco después Scarlett Johanson se puso en la piel de la retratada, en una película que era más una sucesión de imágenes pictóricas que un verdadero filme. La delicadeza y la cuidada ambientación de esta cinta fue alabada por multitud de críticos, y cualquiera que haya podido disfrutarla habrá caído presa de su mágico hechizo.

¿Pero qué tiene esta obra para encantarnos de ese modo? ¿Qué poder ejerce sobre nosotros la mirada de una joven de la cual nada o poco sabemos? El brillo de sus ojos, sus labios y sobre todo la deliciosa perla que porta como pendiente son prácticamente insuperables. El tocado sobre su pelo, con ese azul vivo que atrapa nuestra mirada, le añade un halo particular de misterio. Al contemplarla, podemos imaginar a un pintor cautivado por la belleza de una de sus sirvientas, a la que quizás ama y desea en silencio, viéndose obligado a esconder estos sentimientos ante la presencia omnipotente de su esposa. Casi deseamos que ese hipotético amor fuese correspondido, si es que existió realmente. Queremos creer que ambos sentirían su fuerza al mirarse a los ojos mientras ella posaba para sus pinceles. Porque el lienzo de Vermeer refleja esa adoración, y los ojos y la tímida sonrisa de nuestra joven dibujan una complicidad mágica con el maestro. Puede que nunca sepamos quién fue ni que sintió nuestra muchacha del turbante, pero el pintor le dio uno de los regalos más bellos que puedan imaginarse: la capacidad para extasiar y deslumbrar muchos siglos después de su existencia.

sábado, abril 28, 2007

Guernica, 70 años


El Guernica de Picasso es uno de esos cuadros que he aprendido a amar con el tiempo. Lo vi por primera vez cuando era muy pequeña, no recuerdo el momento exacto, pero tengo la certeza de que no me gustó en absoluto; era en blanco y negro, no tenía colores, y no entendía nada de lo que veía en él. Colgaba de la pared del salón de casa de mis tíos, y lo volvía a ver cada cierto tiempo, mirándolo siempre con extrañeza, aunque poco a poco se fue haciendo más familiar y cercano. Sin embargo habrían de pasar muchos años antes de que mi interés por Picasso, y por esa obra en particular, comenzara a despertarse.

Ocurrió en mi último año en el instituto, cuando por primera vez estudié Historia del Arte. Descubrí que tras cada obra artística se esconde una historia y un significado que hasta entonces me habían estado vedados. Para mí fue como una revelación, el comienzo de una relación de amor que ha durado hasta hoy y que sospecho será eterna. Me apasiona el arte. Y cuanto más lo estudio y lo disfruto, más arraiga en mí ese sentimiento. Fue durante aquel curso de iniciación al mundo artístico cuando comencé a amar el Guernica.

Hace poco estuve en Madrid visitando el Museo Reina Sofía y pude admirarlo por primera vez con mis propios ojos. Había un grupo de personas considerable desparramadas alrededor del lienzo, pero predominaba el silencio, un silencio respetuoso que nace de la contemplación de lo que ha llegado a convertirse en un mito. La ausencia de color acentúa el dramatismo de unas figuras que te agarran el alma y te la retuercen, de forma que una vez que has entrado en el cuadro ya no eres la misma persona. El caballo que lanza un grito tras ser herido de muerte, o la mujer que sostiene al niño muerto en sus brazos, son dos de las imágenes más dramáticas y poderosas que jamás haya visto la historia del arte. No sé cuánto tiempo estuve allí parada, examinando cada detalle, cada gesto. No quería que la magia se acabara.

Esta semana se han cumplido 70 años desde el fatídico día de aquel bombardeo, que tuvo lugar el 26 de abril de 1937. Aunque el número de víctimas no fue tan elevado como se dijo en un principio (los últimos estudios hablan de unos 150 muertos, lo que sigue constituyendo una barbaridad desde cualquier punto de vista), fue un hecho terrible que destruyó una ciudad por completo, borrándola del mapa -sólo permaneció en pie un 1% de la misma-. Al escoger este suceso como tema para su obra, Picasso dio a la ciudad y a sus víctimas una inmortalidad y un significado histórico sin precedentes. Y con ello, el genio se hizo a sí mismo inmortal.

jueves, abril 19, 2007

Duermes


Esta noche me he convertido en un halo de luz, y me he escapado por una rendija.

He llegado deslizándome por el cielo hasta tu alféizar. No ha sido fácil. La luna me confundió y temí perderme, pero al final te encontré. Estabas dormido, y te miré desde la penumbra que me rodeaba. Respirabas tan fuerte que me desdibujabas con cada soplido. Estabas soñando. ¿Conmigo quizás? Tus labios temblaron y yo me dejé caer, iluminando cada surco de tu piel. Me deslicé en tus mejillas y me hicieron cosquillas tus pestañas. Luego me oculté en el pliegue de tu nariz, salté y resbalé hacia el otro lado. Y me dormí acurrucada allí.

Me despertó algo húmedo, una lágrima. ¿Por qué lloras? Me acerqué a tus párpados cerrados y las vi. Allí estaban, nacían despacio pero firmes y seguras de sí mismas. Una tras otra, con una cadencia casi musical. Me quedé contemplándolas hasta que se agotaron y se fueron escurriendo hacia tu cuello.

Fuera amanecía. Era tarde para seguir soñándote. La luz del sol me deshacía por momentos, y me sentí morir. Pero me encaramé al alféizar y conseguí escapar antes de hacerme del todo transparente.

Y tú ni siquiera supiste que esa noche estuve allí.


Imagen: OSCAR KOKOSCHKA, La esposa del viento

miércoles, abril 11, 2007

HARUKI MURAKAMI: Kafka en la orilla

Este es sin duda el libro más extraño que he leído en los últimos años, y mi primera incursión en la narrativa japonesa. Murakami es un escritor atípico, por su capacidad para conjugar elementos oníricos y reales en una sola novela con una naturalidad fuera de lo común. El resultado es un libro tremendamente original y sorprendente, que se lee con relativa facilidad y gran deleite desde el principio, aunque algunas de las imágenes que presenta son de una considerable dureza. Al finalizar su lectura es probable que nos interroguemos acerca del verdadero sentido de esta historia, y sobre el significado de los personajes y lugares que en ella aparecen. Pero esta es quizás la mejor impresión, esa ambigüedad que nos anima a seguir divagando e imaginando mucho después de leer su última línea.

Dos son los protagonistas principales del libro, cada uno con su propia historia y un largo camino por delante que ninguno de ellos conoce. Ambos coincidirán en un momento dado en una misteriosa biblioteca situada en un recóndito lugar del sur de Japón, Takamatsu.
Kafka Tamura es un adolescente de 15 años que escapa de su casa buscando el verdadero sentido de su vida. En ese viaje trabará amistad con varios personajes, entre ellos la misteriosa y atractiva señora Saeki, o el ambiguo Hoshima. Todos tienen una función y un significado en la vida del joven. Sobre Kafka pesa además una terrible profecía, pronunciada por su padre y cuyo cumplimiento es casi una certeza.
En el otro extremo del hilo de la vida se encuentra el segundo protagonista, Nakata, un anciano discapacitado mentalmente tras un extraño suceso acontecido durante su niñez, pero poseedor en cambio de una extraordinaria habilidad: la de comunicarse con los gatos. Nakata tiene una misión que ni él mismo conoce, y cuyo sentido le va siendo desvelado a medida que se adentra en ella. En este viaje le acompañará un fiel ayudante, el camionero Hoshino, cuya vida cambiará radicalmente tras conocer al anciano; las andanzas de ambos hacen imposible no pensar en la extraña pareja de Don Quijote y Sancho Panza.
Las vidas de Kafka y Nakata están tejidas en una especie de red que las separa y las entrelaza a la vez, cruzándose en determinados momentos. Es como si se abrieran puertas entre ambos mundos. Dos personas que se necesitan pero que en ningún momento llegan a conocerse. El autor alterna los episodios referentes a cada uno de ellos y los va intercalando, consiguiendo así intensificar ese efecto de entrecruzamiento y mutua influencia.
Con Kafka en la orilla he tenido la sensación de estar degustando un plato delicioso, sin tener idea de cómo o con qué está cocinado. Misteriosos ingredientes e inquietante sabor, que crean una receta distinta, muy sugerente. Un ejercicio de meditación para la mente y el cuerpo. Eso es Murakami. Eso es Kafka en la orilla.

Más reseñas de obras de Haruki Murakami:
- Al sur de la frontera, al oeste del sol
- Tokio Blues

domingo, abril 01, 2007

Encuentro entre cine y literatura: el maestro Azcona

Esta semana se ha celebrado en Tomares, localidad cercana a Sevilla, un encuentro titulado Entre libros. Se trata de un evento cultural al que han acudido personalidades tan destacadas como David Trueba, Rafael Azcona, Iñaki Gabilondo, Almudena Grandes, Héctor Alterio o José Antonio Marina, entre muchos otros. Lástima que, en mi caso, coincidiera con la semana de evaluaciones (sesiones maratonianas por las tardes y corregir exámenes sin parar), por lo que sólo pude acudir uno de los días. Pero la experiencia fue más que positiva.

Esa tarde se reunieron en una mesa redonda el director de cine David Trueba, el guionista Rafael Azcona, el productor Antonio Pérez y otros contertulios. La conversación giró en torno al cine español, si bien tocó muchos aspectos relacionados con este tema. Azcona rememoró sus comienzos como guionista, en una España que él mismo calificó de negra y oscura. Sus recuerdos de niñez y juventud, contados con un humor y una maestría que me dejó literalmente boquiabierta, nos transportó a todos los que estábamos en la sala a ese ambiente de tristeza y opresión donde el cine era una puerta abierta a épocas más luminosas. Por si no lo conocéis, Azcona ha escrito guiones tan fundamentales en la historia de nuestro cine como El verdugo, El año de las luces, ¡Ay Carmela!, Belle Epoque o La lengua de las mariposas. Durante las casi dos horas que duró este mágico encuentro, Azcona contó anécdotas e historias para reir y para hacernos soñar. Los otros contertulios le escuchaban embelesados y bromeaban sobre la dificultad de hablar y contar algo interesante después de que lo hubiese hecho el maestro Azcona.

Por su parte David Trueba, uno de mis más admirados directores españoles, prestó atención a la supuesta crisis del cine y de las salas donde se proyecta en nuestro país, relacionándola con el deseo especulativo de muchos de los dueños de dichos locales. Hizo un análisis de la pobreza intelectual que está generando este deseo de enriquecimiento rápido que tanto predomina hoy en nuestra sociedad. Sólo es rentable lo que da dinero -concluyó- y esa realidad está arrastrando en su caída a aspectos de primer orden como la educación, el cine o la misma literatura.

Una pregunta quedó en el aire: ¿se hace cine de poca calidad porque es lo que demandan los espectadores, o es la industria del cine la que insiste en que sea así? ¿Cambiarían los gustos de los millones de personas que asisten al cine si se proyectaran películas de calidad en mayor número y durante más tiempo? ¿Quién decide lo que nos gusta o nos deja de gustar?

No sabéis lo que sentí no haber podido asistir al resto de actividades. Porque acontecimientos de esta envergadura no se dan muy a menudo en mi ciudad, y el calibre de los artistas invitados era muy alto, como habéis podido comprobar. Os dejo como postre una de las anécdotas relatadas por el maestro Azcona, como lo llamaban los contertulios. Es una versión adaptada con mis palabras, aunque espero ser lo más fiel posible al original:

"En aquella España oscura, de coches negros y curas, monjas y militares, estaba prohibido ser feliz. No podíamos pasarlo bien. Estaba mal visto. Recuerdo que en mi casa mis padres intentaban escapar de esa oscuridad a su manera. Mi padre cantaba zarzuelas mientras trabajaba, y mi madre le hacía los coros. Pero mi madre no podía divertirse sin sentirse mal. Cuando alguna vez, comiendo todos juntos, nos reíamos o hacíamos bromas, de repente ella se ponía muy seria, nos miraba a todos con expresión sombría, y nos gritaba: "¡Ya lo pagaremos!" Y así se acababa de golpe toda la diversión."
FOTOGRAFÍA SUPERIOR: De izqda a dcha: Rafael Azcona, David Trueba y Luis Alegre