
Renée es la portera de un inmueble parisino de alcurnia, que entre escobas y macetas esconde un secreto más que original: es una autodidacta a la que le entusiasma Tolstoi, la filosofía, y las películas del japonés Ozu entre otras "rarezas" tan poco comunes en las personas de su profesión. El ideal de vida de Renée es pasar más o menos desapercibida y que ningún vecino curioso sospeche lo que hay debajo de su atuendo de simple portera. En cierto modo es feliz con sus lecturas, sus películas y su gato, León (efectivamente, como el nombre de pila de Tolstoi). Una de las sirvientas del inmueble, Manuela, es su mejor amiga y confidente. Su círculo social es pues, más que reducido.
Por otro lado tenemos a una joven adolescente, Paloma, que constituye la segunda voz narrativa de la historia. De hecho los capítulos de ambas protagonistas se van alternando, todos ellos en primera persona, para contarnos las vicisitudes de dos mujeres de edades y clases sociales muy distintas, pero que sin embargo coinciden en aficiones e ideas. Paloma tiene aspiraciones suicidas (sabemos desde el primer capítulo que planea poner fin a su vida pronto), y escribe un curioso Diario del movimiento del mundo donde intenta buscar el sentido de la vida dando cuenta de los momentos efímeros en que podemos llegar a tocar la felicidad. Paloma y Renée se conocerán en un momento dado y, lógicamente, pronto se harán muy buenas amigas.
Entre los personajes secundarios, además de la citada Manuela, destaca también un japonés llamado Kakuro que se instala en el edificio y que pronto descubrirá la identidad secreta de Renée, quedando admirado por el complejo mundo interior de la portera. Aunque recelosa al principio, Renée acabará dejando entrar al japonés en su restringido círculo de amistades.
La novela es sobre todo una sucesión de pensamientos filosóficos y vitales que a veces convencen, pero otras llegan a hacer su lectura un tanto farragosa. Tanto Renée como Paloma dan rienda suelta a estas ideas al tomar la voz narrativa en sus respectivos capítulos. De este modo el libro se convierte en una especie de alegato contra la rigidez y los convencionalismos sociales y a favor de la amistad (la verdadera, la que no entiende de clases sociales) y el disfrute de esos pequeños momentos de felicidad que se suceden diariamente delante de nuestras narices sin que muchas veces nos percatemos de ellos.
Ahora bien, la novela chirría en muchos aspectos. Los personajes no convencen, ni la extraordinaria madurez de Paloma, ni los miedos y recelos de Renée. No entendemos ese interés de la portera por hacerse invisible, demostrando a los demás una mediocridad a la cual no pertenece. La historia sobre su vida no nos desvela mucho en ese sentido. Aunque posee momentos de brillantez, el hilo argumental es más bien flojo, y el final queda fuera de lugar, no encaja bien con el resto de la historia. Al menos desde mi punto de vista.
En definitiva, un libro entretenido con pretensiones que no se ven satisfechas al final, y que decrece en intensidad conforme avanzamos en su lectura. Podría haber llegado mucho más lejos, pues la idea de fondo no me parece mala, pero Barbery se pierde en ensoñaciones y convierte el libro en un híbrido extraño que el lector no sabe bien cómo digerir. No obstante, no deja de ser una lectura curiosa. Ya me contaréis si os animáis a leerlo.